Época de matanza del cerdo al calor de la lumbre.
Para los que nos estén leyendo y no conozcan nuestras costumbres puede que le suene raro, y es verdad que el sacrificio de cerdos en el ámbito familiar o también conocido como matanza domiciliaria es una excepción de la normativa, que tiene su propio reglamento en Andalucía, pero para los que hemos nacido en Huelva es un rito, y una costumbre ancestral.
Amanece en la dehesa del Andevalo o de la Sierra de Huelva, un día de invierno y se renueva una costumbre tan antigua que ni se sabe de donde proviene, aunque ya la civilización de Tartessos y otros
afincados en la península ibérica, hace mas de 6000 años, sacrificaban cerdos para el consumo de sus carnes, después de haber realizado un proceso de cría y engorde en una primitiva ganadería que era una de las bases de su economía y subsistencia.
En efecto la matanza, no solo se circunscribe al hecho del sacrificio, despiece y preparación para la conservación de un alimento básico en nuestra dieta, sino que es mucho mas amplio. El ritual comienza en la cría, o compra de lechones y su engorde durante meses anteriores. Este hecho garantiza a las familias el conocer de primera mano, la alimentación, qué comen, y por supuesto el control de la raza ibérica autóctona de los cerdos que van a consumir todo el año.
En el rito todo tiene su tiempo y proceso, el sacrificio es en invierno por dos razones, la primera porque en los dos últimos meses el cerdo ha estado engordando con bellota, y este fruto esta disponible en otoño, y en segundo lugar, porque los días secos y fríos eran los ideales para la preparación de los embutidos y jamones.
La matanza es todo un acontecimiento social, ya que para una familia seria imposible hacer todo el trabajo que requiere, por lo que se ayudan unas a las otras. El día del sacrificio es toda una fiesta perfectamente estructurada, mientras desde muy temprano los hombres acompañados del matarife, matan, desangran, limpian la piel con la quema de tojos o aulagas (hoy con sopletes de butano) y raspado para eliminar los restos de piel y pelo, descuartizan
y limpian la carne, preparan los jamones, separan las vísceras, se entregan las muestras al veterinario etc, las mujeres, encienden el fuego, preparan el almuerzo y van realizando las labores previas a la elaboración de las chacinas. Entre tanto y tanto se bebe aguardientes, se comen tortas de chicharrones y se empieza a oler la cacholá o bocigulá (comida típica de las matanzas).
En la mesa no falta el vino mosto de ese año y en la sobremesa es raro que no se escuche un fandango o una historia antigua entre pestiños o rosas, mientras los aliños van haciendo su función en los futuros embutidos.
Existen muchas voces en contra de la matanza, otras que con nostalgia, dicen que tiende a desaparecer, pero es cierto que esta costumbre tan antigua, contribuye a la conservación de la dehesa, a la de las razas autóctonas ibéricas, a la tradición artesana de la salazón y chacinera. Contribuye a la fijación de las gentes a sus pueblos, ya que hay muchas personas que vuelven
a su pueblo por la matanza desde el mundo urbano y que todo el año consume los productos artesanos y tradicionales, dando vida a pequeñas aldeas del Andévalo o la Sierra de Huelva .
Sabores de Huelva esta por supuesto a favor de que se conserven estas tradiciones, siempre cumpliendo estrictamente el reglamento que las regulan, ya que este concibe esta actividad, haciéndole coincidir, con un trato exquisito hacia los animales, con una cría y engorde extraordinaria, un sacrificio donde se garantice el mínimo sufrimiento, y una
vigilancia sanitaria totalmente escrupulosa, que evite problemas de salud. Que esta costumbre perdure garantiza que la dehesa se conserve, tal como esta, ya que es esencial para estas prácticas.







